miércoles, 3 de agosto de 2005

Revisando

Aquella revista entusiasta, entre otras secciones, tenía una dedicada a publicar poemas inspirados en la obra de Tolkien.

Hace ya más de una década, había escrito allí unos versos. Los vuelvo a ver ahora y creo que hoy no escribiría exactamente lo mismo. Y eso quiere decir que debería rehacerlos. No me llega ese día. Ya vendrá.

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Gollum

Gandalf

Debo partir, mi edad parte conmigo.
Y se va con nosotros. Esos cantos
llegan al fin. Sus notas ya son ecos.
La hermosa gente parte. El tiempo parte.
Parten las hojas y la luz dorada,
el agua y el abrazo del amigo.
Están partiendo velas desde el puerto
donde el último rey jamás ha estado.
Y en esta tierra queda todavía
el mal. Como en un campo que se siembra
quedan abrojos, cardos, madrigueras.

¡Tú no eres el mal! Pero eres malo,
deshecho de maldad. Tú eres la puerta
de este tiempo que queda a mis espaldas.
No puedo preservarte ni librarte
ni hacer que mueras o desaparezcas.

¡Tú no eres el mal! Pero eres malo.
Y el bien te quema, te aburre y te lacera.

Eres la puerta de un tiempo a mis espaldas.


Frodo

Ya sé que me demoro en esta tierra;
que nada me retiene, que he de irme.
Que el puerto en brumas seguirá brillando
hasta tanto no partan los que faltan.

Voy hacia él. Mientras, mis ojos miran
por la última vez estos rincones
donde la historia transcurrió. No miro
hacia el Este, ni miro esas alturas
donde ardieron las falsas esperanzas
y aquel imán de las perversidades.

Pero, recuerdo. Mi dolor recuerda
la postrera ambición, esas pequeñas
y horribles amarguras de mi raza.

Eras un ser ajado, amargo, oscuro.
Te hería el sol, te destrozaba el frío,
el hambre era una excusa; enajenado,
te dio el poder placeres diminutos.

Deseaste cuanto fuiste y fuiste nada.

Pude haber sido yo Y eso aún me aterra.

¡Ay, triste compañía! ¡Ay, viaje peligroso!

A la Grieta del fin, destino ardiente,
va una parte de mí que te llevaste.

Tu odio a la luz ha muerto incinerado.


Aragorn

El triple se me ha dado, más que a nadie,
en vida, gloria, amor. Y en sufrimiento.

(Y tus ojos, Undómiel, toda luz,
Estrella de la Tarde, amiga mía,
que miran por mis ojos y me llevan
y prometen un tiempo y un lugar
que rechazaste por amor a un hombre.)

Pero los años no se llevan todo.

Solamente lo malo entre las sombras
se agazapa en la noche. Veo claro:
estabas y no estabas. Te movías
entre la pestilencia del pantano
y me obligabas a una vela odiosa,
sisieando sobre el agua oscura y fría.

¡Llévate el asco de este intermiable
dolor! Te he perseguido como un sueño
punzante no abandona. He vigilado
tu paso que, sin huellas, temeroso,
a lo oscuro guiaba nuestros pasos.

No te ayudó el silencio y las cadenas
no alcanzaron a darte, no el castigo
sino el reposo tibio y penitente.

Yo quise vigilarte y yo podría
haberte destinado a otro silencio,
para siempre, final, sin gloria alguna.

Inútil lamentar que tu ceguera
odiara la prisión benevolente.
No podías saber quién, en tus manos,
ataba con sus manos las cadenas
que tuvieron que haberte remediado.

Todavía, en las noches perfumadas,
en soledad, sentado entre columnas
que sostienen la dicha de mis días,
una nube oscurece, un viento alienta
un soplo helado. Entonces vuelvo a verte
y sé que, cuando el tiempo se termine
en que mi mano rija en esta tierra,
otro tiempo vendrá. Estarás presente
y sisearás tu hedor, débil criatura,
hasta que, al fin, el Fin borre tu sombra.