martes, 31 de mayo de 2005

Humo en tus ojos

Si uno es gordo, el otro también.

Si uno es desprolijo y anda siempre despeinado, el otro, también.

Pero solamente uno de los dos tiene con qué escribir este poema que leerán más abajo, al niño no nacido.

Tal vez solamente uno de los dos pudo haberlo escrito, incluso antes de casarse. Y da la casualidad de que lo escribió el que no iba a poder tener hijos que acunar y el que tenía todos los niños para jugar, cuidar y mimar.
By the Babe Unborn

If trees were tall and grasses short,
As in some crazy tale,
If here and there a sea were blue
Beyond the breaking pale,
If a fixed fire hung in the air
To warm me one day through,
If deep green hair grew on great hills,
I know what I should do.
In dark I lie; dreaming that there
Are great eyes cold or kind,
And twisted streets and silent doors,
And living men behind.
Let storm clouds come: better an hour,
And leave to weep and fight,
Than all the ages I have ruled
The empires of the night.
I think that if they gave me leave
Within the world to stand,
I would be good through all the day
I spent in fairyland.
They should not hear a word from me
Of selfishness or scorn,
If only I could find the door,
If only I were born.

(A las apuradas, una traducción prestada, algo dura y literal, levemente retocada -como para que se entienda el sentido, apenas-, diría:)
Por el niño no nacido

Si los árboles fueran altos y los pastos cortos
como en un cuento alocado,
si aquí y allá el mar fuera azul
más allá del límite rompiente.

Si un fuego fijo pendiera en el aire
para entibiarme un día entero,
si mechones verde oscuro crecieran sobre las grandes colinas:
yo sé qué haría.

En lo oscuro yazgo soñando
que hay grandes ojos fríos o amables
y calles serpenteantes y puertas silenciosas,
y hombres vivos detrás.

Dejen que vengan nubes de tormenta: mejor una hora
-y permiso de berrear y pelear-
que todas las edades que he regido
los imperios de la noche.

Pienso que si me dieran permiso
de estar en el mundo,
yo sería bueno durante todo el día
que pasara en el país de las hadas.

De mí no oirían una palabra
de egoísmo o desprecio,
si tan sólo pudiera encontrar la puerta,
si tan sólo naciera.
Me parece que en una de ésas, hasta yo podría darme una idea de cómo resolver el acertijo ingenuo.

Pero, así y todo, podría pasar que algún marciano viniera de pronto, de Malacandra al Planeta Silencioso, y no supiera quién es quién, o cuál de los dos es el que tiene en realidad la sublime preocupación por la salud pública. Supongamos, digo...

Pongámosle, incluso, que no tuviera idea de a quién recurren los hombres cuando se procuran la salud y que el marciano curioso quisiera saber si buscan a un matasanos o a un poeta.

Entonces, si al pobre alienígena no le queda otra cosa mejor, y de buenazo que es no se le ocurre nada sobre, por ejemplo, el niño por nacer, la repartija de condones, píldoras o espirales u otras filantrópicas campañas salutíferas, yo le diría que al menos preste atención al detallito malévolo del perverso, pernicioso cigarro. Que ahí está toda la verdad, toda la ley y los profetas...

En una de ésas, se da cuenta de quién es quién.

Que un gordo es un gordo y otro gordo es otro gordo...

De mi parte -mientras me fumo los últimos Caporal del día- como desagravio al bueno de Gilbert Keith Chesterton, por partida doble afrentado, vayan estos versos chilenos, que en las pampas canta el Dúo Coplanacu y en la Tierra de Conejos, Joan Manuel Serrat:

El Cigarrito

Voy a hacerme un cigarrito,
acaso encuentro tabaco
y si no hallo de'onde saco
lo más cierto es que no pito.

Ay, ay, ay, me querís
Ay, ay, ay, me querís
ay, ay, ay...

Voy a hacerme un cigarrito
con mi bolsa tabaquera,
lo fumo y boto la cola
y recójala el que quiera.

Ay, ay, ay, me querís
Ay, ay, ay, me querís
ay, ay, ay, ay...

Cuando amanezco con frío
prendo un cigarro de a vara
y me caliento la cara
con el cigarro encendido.

Voy a hacerme un cigarrito...

lunes, 30 de mayo de 2005

Composición tema: La Vaca

Se me termina el día y me estoy por ir a comer un guiso de lentejas, qué tanto...

(Lo que me dejaron del almuerzo las fauces ávidas de la cohorte hambrienta: un caldo ferroso en el que flotan orondos y en su sazón los trozos de papas, batatas, zanahorias, roast beef, candelario y, obviously, lentejas...)

Después de estos días caribeños de este otoño falluto, un poco de frío hay que celebrarlo, a como dé lugar.

Pero, antes, un breve comentario.

De la casa de mi madre -asuntos de mudanzas- me llevé esta mañana muchos libros, cosas diversas, raras, curiosas, viejas, envejecidas. Fascinantes. ¡Quién tuviera tiempo! Especialmente para las páginas llenas de historia -y de historias- de increíbles mamotretos...

Uno de ellos lo rescaté -almuerzo y mimos filiales cumplidos- para el viaje: valía casi lo que un guiso de lentejas nocturno, con bon vin y pan casero de compañía.

El caso es que las Ediciones Anaconda -de las Grandes Librerías Anaconda- de Florida 251, Buenos Aires, encargó a los Talleres Gráficos de Porter Hnos. -de la calle Estados Unidos 1864-1866-, un volumen que se terminó de imprimir el 15 de julio de 1946.

Tiene unas fascinantes 356 páginas en rustiquísima presentación (típica de la postguerra).

En su portada reza el rimbombante título de Los Titanes de la Santidad. Le hace pendant un imperdible subtítulo rampante: Historias de vidas atormentadas, místicas, ascéticas, perseguidas y santas.

¡Caray! ¡Brrrr... así, da casi miedo abrirlo!

Tras un prólogo pimpante de Los Editores y un epílogo bollante de su pluma presunta, un anónimo e ignoto autor -que redacta en primera del singular y no firma jamás ni por error (¿uno? ¿muchos?)- se lanza a 24 aventuras hagiográficas.

En fin, con un concepto de santidad que, entre consabidos e indubitables (vbg. San Pablo, San José, etc.), le permite incluir a Fray Justo Santa María de Oro, Fra Doménico Cavalca o el Padre Mamerto Esquiú. Hay que reconocerle, entretanto, la inclusión de la Madre Sor María Antonia de la Paz y Figueroa y una profética canonización que anuncia con aplomo envidiable.

No digo que no parezca haber hecho los deberes a conciencia, por lo menos en lo que a consultas bibliográficas se refiere. Y además -por lo menos en los capítulos principales- con bastante solvencia.

Digo que este portento sabe cada cosa de gentes tan subidas, que merece él mismo estar como número 25.

Así es como solventa arduas cuestiones metafísicas y lógicas en Santo Tomás de Aquino, como dirime latines históricos en Agustín o Benito, para pasar a la mística Teresa, la impresionante Bárbara, la conmovedora Catalina de Alejandría o el documentado Don Bosco.

¡Sacré bleu!, dirían los héroes de Aquí la Legión, o los franchutes de El Tony: ¿Quién es nuestro anónimo y animoso polígrafo?

(Hay que ver, además, la colección Titánica de títulos, de la que éste es apenas un botón de muestra..., más precisamente el último, y más precisamente todavía: el Nº 13.)

Precio $ 5.- m/arg.

Hay, a $ 10.- m/arg., "la misma edición, en gran formato, encuadernado, con sobrecubiertas llamativas, especial para regalo"...

Lo dicho, pues: ¡a las lentejas!

Corpus sanum in corpore sano

Si acaso llegan a percibir, por ejemplo, algún sarcasmo en estas páginas, entre otras cosas eso significa que no tienen daño cerebral que se los impida. Y que sus lóbulos prefrontales andan de lo más majos... y las cortezas prefrontales ventromediales, ni les cuento. Porque, como todo el mundo sabe, el cerebro sano entiende los sarcasmos, las ironías, las metáforas, el lenguaje indirecto.

Con mi golpeado cerebro, maltratado en todos sus lóbulos, todavía alcanzo a darme cuenta de estos sutiles mecanicismos que hablan del vehículo y de la operación física y no de la causa última, de qué cosa es lo que en realidad entiende en el hombre. No me parece que todavía la ciencia sepa lo suficiente como para hablar de inteligencia o de alma espiritual. Si tan siquiera dijeran que el hombre entiende o no entiende cuando algo de su naturaleza corpórea funciona o no funciona, está sano o está dañado, y lo dijeran derechamente...

Pero, habrá que tener confianza en el progreso. Ya llegará el día en que los adelantos neurocientíficos lleguen a lo que, por decir algo, cualquier chamán ticonderoga les podría decir si al menos se tomaran la molestia de preguntarle.

(¡Ah! ¡Les parece que esta entrada está repleta de sarcasmos? Pues, en primer lugar, la culpa no es mía sino de mi mano izquierda, que es la que sesga todos los argumentos. Por otra parte, agradezcan tener semejantes lóbulos...)

domingo, 29 de mayo de 2005

Kingdom of Heaven

Si los progresistas se quejan de este modo tan sutil y sibilino de las chanchadas, entonces hay que esperar aún más extraños advenimientos. Con todo, nada de confiarse y suponer un risorgimento...

A mi se me hace que hay que mirar con cuidado estas manifestaciones anfibias, tan poco convincentes en su dialéctica de que "al arte se le permite todo porque es arte - a los demás ni justicia porque no hacen arte", porque son confusas, porque no es verdad, porque son contradictorias. Además de que -o tempora o mores- son bastante elitistas y gorilonas..., como que vienen de la gente más popular que hay.

Y hasta porque, si me apuran, me parecen una excusa ingeniosa para -so capa de hacer sonar un tiro para el lado de la belleza y la cultura- poder decir 'pedo' o 'mierda' y que las señoras gordas -de cualquier sexo o edad- asientan circunspectas y conformes...


No quiero ser suspicaz. Pero, guarda... Sigamos así. Y un día cualquiera, a los primados católicos ingleses se les va a ocurrir buscar las vocaciones sacerdotales en pubs y en subterráneos. Por ejemplo, poniéndoles sugerentes posavasos a los libertinos para que les sirvan de camino de salvación.

Digo nada más que hay que ponerse en guardia...

Porque, no vaya a ser cosa, por ejemplo, que un cinturón portacervezas venga a transformarse en la desenfadada y corrosiva respuesta hispana a la sedicente desesperación británica por la caída de matrícula seminaril, una respuesta larvada y subliminalmente anticlerical, como muestra de que rechazan de plano los posavasos... y al sacerdocio, en consecuencia.

En el Reino de este Mundo

Oí tantas cosas sobre Las Cruzadas que fui a ver de qué se trataba el alboroto.

Y en realidad, la mitad de la culpa la tiene Ridley Scott que, con todo su talento a cuestas, hizo casi una de cowboys, retocando a su gusto partes más o menos importantes de la historia real que usó como motivo del filme. Creo, y a mi gusto, que la otra mitad es culpa de Orlando Bloom, que parece muerto de miedo de no estar a la altura del barón Balian d'Ibelin. Y no estuvo, creo. Y no estará, ni aunque la rueden otras cientos de veces.

Tengo varios reproches menores, empezando, como cualquier sufrido hispanoparlante, por la traducción marketinera de Kingdom of Heaven por Las Cruzadas. Asuntos como el hecho de que la figura de la reina Sibila, por ejemplo, está algo desprestigiada. Hasta donde sé era bastante más ambiciosa y compleja que lo que allí aparece. Y esa historieta de amor con el bueno de Balian que le inventaron, es por completo innecesaria y folletinesca, salvo que uno sea tan moderno que necesite esa mueca de amor junto a la ambición, como para redimir con un poco de afecto y deseo carnal no solamente la dureza arrepentida de una mujer frívola y ambiciosa, sino la ingenuidad de un herrero metido a gran caballero, según el patrón democrático obligatorio. O esa pasión por hacer de los obispos -especialmente medievales- una baba inmunda, cuando menos medrosos o cobardes y cuando más de una astucia e inescrupulosidad demoníacas. Sabe Dios que los planteles episcopales pueden llegar a ser una fenomenal piedra de escándalo. Pero es demagógico y pusilánime hacer de un obispo un paparulo. Porque digamos que así se gana uno fácilmente el aplauso de la tribuna, lo que siempre es una mariconada.

Me pregunto además por qué el cine creerá que es obligatorio modificar las historias reales que filma. Puede ser que alguna vez sea conveniente, que el arte no es lo mismo que la realidad, al fin de cuentas. No hay, me parece, más que una razón ideológica para retocar a gusto de quienes hacen una película, o de lo que consideran que es el gusto de esta época. Y esa 'corrección política' de las versiones novelísticas y fílmicas, además de que suelen tener tufo a negocio y a ganas de hacer negocios, demuestra, cuando menos, falta de coraje.
ver

La otra cuestión molesta es precisamente la necesidad de hacer de un herrero un caballero ignoto. Y, en buena medida, atribuirle su lozanía moral al hecho de que haya nacido entre el barro medieval de una aldea pobretona, sobreviviendo a la sombra de un imponente castillo, de finales del siglo XII. Ese democratismo es insufrible.

Que el caballero tenga la excomunica de que obligatoriamente y en razón de ser caballero ha de ser ávido de dineros y poder, borracho, lujurioso e injusto, ya es un exceso de roussonianismo. Pero ponerle al lado un herrero que será muy buen caballero porque precisamente no es caballero, ya es de una mala fe irritante.

En fin, podrían seguir los agravios más o menos menores contra ésta de romanos, otra más de las que el cine se ve obligado a seguir fatigando en su interés por reescribir la historia. Y no que no me haya entretenido durante buen rato de las dos horas y pico que dura este desierto palestino con algunos toques de inviernos franceses.

Pero hay un punto que me interesó. Las críticas, más precisamente. Y más concretamente, las críticas 'derechosas'. Esa molestia porque los caballeros aparecen malos y los musulmanes buenos, eso de que unos sabían pelear y los otros eran unos desharrapados.

Aunque se le nota al libretista haberse 'informado' de algunos detalles reales (muchos están en la Historia de las Cruzadas, los dos tomos de Harold Lamb, por caso), es verdad que los retoques del guión a la historia no mejoran exactamente el original histórico. Como es verdad que la caricatura tópica de templarios, teutones y caballeros a secas se vuelve un poco fastidiosa, ya al principio de la película y no solamente al fin. Como es verdad que parece que hacía falta que el protagonista hubiera perdido su fe en Dios, aunque vaya a hacerse perdonar su crimen a Jerusalén. Es verdad también que hay una marcada exageración en hacer de Saladino el único sabio, prudente, más o menos pacífico y sumamente hábil en la guerra (cosas que era, en realidad). Si duraba diez minutos más, tal vez la película hubiera dicho que Balduino, Balian y los 'buenos' eran buenos porque se parecían a los musulmanes.

Sin embargo, las críticas por 'derecha', me parece, pasan por alto un punto importante. La concepción de Balduino, el rey leproso, el sexto rey de Jerusalén y descendiente de Godofredo de Bouillon, no es un completo y utópico disparate inexistente.

Los discursos que se reparten en la película el propio Leproso, y los personajes que encarnan Jeremy Irons o Liam Neeson y los que le hacen decir al bueno de Bloom son acartonados y un poco anarquistas, que quiere decir también, o en realidad, utópicos e ingenuos, algo que al gusto moderno parece que es el desideratum de la fe cristiana comm'il faut y no como la profesaron los brutos, oscuros e inquisitivos medievales, borrachos, violentos y prepotentes. Pero eso es culpa de que el guión no se escribió hace nueve siglos, nada más. Y la ignorancia de lo que pensaba un medieval y cómo veía las cosas ya es moneda culpablemente corriente. Tenía razón Chesterton cuando ya hace cien años se quejaba de que no tuvieran imaginación para ver que las piedras de las ruinas mohosas o sombrías algún día habían sido nuevas y relucientes...

Sin embargo, nada quita el hecho de que haya allí detrás un asuntillo sobre la naturaleza del poder de la Fe y sobre la fe en el Poder que -concedo que completamente chueco- está presente en la película. Y no es que trate de ser benevolente. Allí está. Tan desfigurado está que parece un panfleto contra los conservadores e integristas, por usar una palabra que circula por los sitios que se refieren al filme. Y tal vez lo sea, ya que ellos mismos lo dicen. Pero allí está -malgrado del panfleto- esa verdad de que una de las violencias mayores del cristianismo es que le hace violencia al mundo.

No sabrá decirlo bien Scott, o no querrá, pero es verdad que un caballero está del lado de los que necesitan de él y no del otro lado; y aunque no le interese a Scott, o no sepa hacérselo decir a su Balian-Bloom, es verdad que un caballero trabaja y padece antes que nada por el Reino del Cielo.

Por otra parte, esa juntura de cristianos, musulmanes y judíos, en los ochenta años siguientes a la toma de Jerusalén, no es un invento de Scott. Es un 'invento' medieval. Y especialmente a partir del siglo X.

El ecumenismo de la película es extravagante (aunque no más extravagante que muchos ecumenismos católicos), pero bastaría con poner un poco de atención a la libertad de Alfonso X en Castilla o a la todavía mayor de Santo Tomás de Aquino respecto de comentaristas árabes y judíos -por poner dos ejemplos-, para darse cuenta de que los hilos que cruzan a las tres 'culturas' son más complicados que lo que, por ejemplo, Bush podría desentrañar. Y es un asunto más delicado que lo que se puede tratar en una película, tal vez.

No dudo -y sé- que a alguno le podrá gustar el eructo sonoro que sigue al pichel de cerveza bien tirada en una sala de castillo, le podrá dar ánimo la risotada cuartelera de un campamento guerrero, o el gesto amplio de la espada que le corta la cabeza al infiel. Pero tendrá que repasar los juramentos de la caballería medieval para ver si los encuentra en letras de oro, como 'obligaciones' del caballero. Y no los va a encontrar.

Hasta donde sé, un verdadero caballero tiene un destino desgraciado a los ojos mundanos y es una realidad bastante más irritante que su caricatura.

Irrita a casi todo el mundo, en realidad.

Como Quijote, por ejemplo.

O como Cristo.

sábado, 28 de mayo de 2005

Lo que natura no da

Dijera Borges: 'cometí el peor pecado que un hombre puede cometer...': compré la revista Ñ.

Es un número especial con trabajos sobre el Quijote, que ocupan la tapa y un 30% de la revista.

Lo de 'número' lo entendí.

Lo de 'especial', es cuestión de opiniones, aunque más bien no es.

Lo de 'trabajos sobre el Quijote' (salvo uno de José Luis Moure y la lengua de la novela), no sé exactamente a qué se refiere.

Me costó un peso (habitualmente cuesta 50 centavos, me dice el quiosquero.)

Perdí un peso.

Cuerpos viles

No era una broma lo que decía días atrás sobre de la disposición de la materia como una de las formas de la caridad.

Por supuesto que uno sabe de las manifestaciones grandes de las virtudes grandes. Como si dijera la imagen de la Madre Teresa en Calcuta, abrazando a un leproso. Y así podemos hacer pasar por la imaginación todos los ejemplos de virtudes que seamos capaces de recordar.

También podríamos vernos a nosotros mismos -en una serie de postales imaginadas e imaginarias- como protagonistas de actos sublimes, como de estampita o de hagiografía.

En la vida moral, en la vida intelectual, en la vida espiritual. Podemos imaginar -y soñar, como a veces hacemos- el gesto espléndido del desprendimiento de todos nuestros bienes, el perdón perfecto, hasta la oración perfecta, la levitación o el milagro producido por una fe recta y enorme.

Pero.

Hay hebras deshilachadas de virtudes enormes, se me figura, que son de difícil acceso, a veces con dificultad mayor que los actos sublimes.

Viajaba como de costumbre en tren a Buenos Aires. Era uno de esos días en los que todo es trabajoso en el tren: caminar, pararse, leer, conversar. Mucha gente, mucho ruido.

Lo sencillo es enfrentarse a un asiento que se desocupa súbitamente y ver de dejárselo a mujeres o ancianos, por ejemplo. Son gestos mecánicos, si se quiere, casi de educación. Y casi de desdoblamiento de la personalidad. El educado -el bien educado- hace lo que tiene que hacer, casi diría del modo en que debe hacerlo. Con amabilidad. Y hasta con sonrisas y frases de ocasión, sinceras, simpáticas. O miradas al efecto, que valen lo mismo. El otro, el cansado, el que tiene ganas de sentarse a leer o a dormitar, ve a su mano hacer el gesto de cortesía y le reprocha el mecanismo, y ve la mueca de los labios y censura la sonrisa sospechándola falsa.

Allí, en el tren, observando el pasaje interminable de gentes, advertí que hay una hebra más.

Casi diría que el mundo podría dividirse en dos, por ejemplo según el modo de caminar por un pasillo de tren, sabiendo que deben sortearse obstáculos impenetrables: los otros cuerpos humanos.

Están los que saben y procuran no molestar. Están los que o no advierten o no les interesa advertir la impenetrabilidad de la materia.

O se camina de costado o se camina de frente. Y la diferencia no es poca.

Advierto, mientras observo, que niños -muy particularmente 'niños de la calle'- y viejos, son proclives a ignorar los cuerpos ajenos. Las causas podrían ser comprensibles. Sin embargo, también parece a veces que algunos viejos, así como prácticamente todos esos niños, hacen una cierta gala de esa ignorancia. Y no digo que sea malévola, necesariamente.

En eso estoy, cuando me doy cuenta de que el sonido es materia también. Como cualquiera de los otros estímulos sensibles.

Dieciocho vendedores ambulantes en 54 minutos, fue la estadística de ese día. Como dato anejo, bien podría contabilizar los más de treinta ofrecimientos de papeles y volantes de publicidad que me hicieron en un trayecto de casi ocho cuadras, cuatro de las cuales fueron por Florida.

De los vendedores ambulantes, algunos son particularmente invasivos. Por ejemplo, el que carga un aparato reproductor de compactos y vende compilados de géneros populares. Tiene que hacerlos oír, como argumento de venta. Y tiene que hacer oír varios, un potpourri. Y nos toma de las imaginarias solapas del saco y nos reclama a los gritos su atención.

No es todo lo que se oye. Tengo que ser reiterativo y traer a cuento los celulares, su panoplia creativa de ring tones y la voz del protagonista in praesentia -más alta que la voz social que se usa en los viajes y en la calle, en general- para hacernos saber obligadamente de qué va su vida, su día, sus negocios, sus amores, sus trivialidades, sus diversiones...

En fin, la lista sigue. Hay más sentidos que dos y, por lo mismo, muchas oportunidades de tener a mano al otro y su extensión material, para ver qué nos hacemos con él.

Recuerdo, a próposito de esto, que hace unos años un sacerdote predicaba en una meditación acerca del sentido del olfato como ocasión para faltar a la caridad. Especialmente, frente a los mendigos. La cuestión era darles rápidamente una moneda y apartarse de su hedor, lo antes posible. Extraña limosna. Es cierto que oler bien es una forma de gentileza. No es menos cierto que rechazar a cualquiera que tengamos enfrente por el mero hecho de que no queremos sino percibir olores agradables, es algo peor que la temida discriminación: es faltar a la caridad.

La ciudad -lo corroboré días pasados en que viajé al campo- es un lugar particularmente peligroso, también en este sentido.

Se me hace que, por muchas razones, la ciudad tal como la tenemos en nuestros tiempos, es inhumana. No es una novedad, ni es inédito esto que digo.

Pero también parece que es un territorio extremadamente exigente para la práctica de estas hilachas desvaídas de grandes virtudes. Por cierto que hay mucho en la vida social ciudadana que perturba al espíritu, lo mortifica, lo ahoga, lo maltrata. Pero, en especial, pienso ahora en lo que a la materia, al cuerpo y los sentidos, se refiere. A la materia en sus más elementales y en apariencia menos heroicas manifestaciones.

viernes, 27 de mayo de 2005

La insoportable levedad del ser

El buen hombre miraba y mascullaba desde su banco de estudiante aventajado y avejentado. Es mayor que los demás cursantes y ejerce un cierto patronato no plebiscitado. Es el de las preguntas agudas, el de las observaciones provocativas. La cabeza siempre un poco por encima de los 90º, nunca menos de los 95º respecto del tronco erguido y desafiante.

Andaba la clase por asuntos de lógica y algo de metafísica complementaria, e iba de camino a problemas de comunicación y retórica.

Hasta que, con cierta sonrisa en los ojos, intercaló con voz cansina la relatividad de cualquier juicio, fundándose en la cambiante naturaleza de las cosas. Algo que -pienso ahora- solamente se puede pronunciar, tal como sonaba en esa noche suburbana, en un clima provinciano, en cierta provincianía de la inteligencia. Porque, sobre el mismo tema, hay variaciones más sofisticadas y cosmopolitas, hoy por hoy, como la multiplicidad de las miradas y los textos, la pluralidad de los relatos superpuestos, la autonomía del discurso y cosas así.

La respuesta fue algo brusca: Todo, absolutamente todo nos es relativo.

Se le notó cierta perplejidad, muy a su pesar. El hombre estaba preparado para una confrontación, no para un acuerdo.

"Usted piensa que nuestro juicio sobre las cosas es relativo y lo funda en el hecho de que las cosas son cambiantes ellas mismas, es decir no tienen consistencia esencial ninguna, no son ninguna cosa, son pura potencialidad y movimiento y cambio, no tienen esencia.

Pero nunca se le ocurrió pensar que lo que hace relativo a nuestro juicio es la parte de la realidad que no cambia. Lo que la realidad tiene de acto. Más bien, las cosas nos son relativas precisamente por aquella parte de la realidad que no cambia. Por lo que tienen de ser en acto, por lo que hay de forma en ellas. Y en la forma es fundamental el acto de ser. Y aunque es lo primero que percibimos, eso mismo, mucho más que lo que en ellas se mueve y cambia y está en potencia o es potencial, es lo que no alcanzamos a encerrar en nuestro juicio sobre las cosas. Es lo que tiene de insondable e inagotable la realidad, no lo que tiene de fantasmagórico o mensurable y extenso, aunque se trate de un movimiento. Tal vez, sin querer, usted postula la posibilidad de esencias que no cambien ellas mismas, como rehenes de su argumento. Usted querría que le demostraran la inmutabilidad existencial de cualquier esencia por sí misma. Al modo platónico, tal vez, o al de Parménides. Y siempre será decepcionante ver al mismo tiempo -además de la cortedad de nuestro entendimiento- que esa inmutabilidad de la esencia en las cosas se nos escapa, salvo que consideremos su acto de ser..."



El desarrollo dialéctico siguió más o menos por esos rumbos hasta que probablemente el sujeto >95º haya entendido el punto. Al menos, dijo haberlo entendido. Y para hacerle justicia, pareció entender, lo que fuera que haya entendido de semejante discurso, con cierta placidez.

Ahora bien, no sé él (por lo que tiene de insondable la realidad y más la realidad espiritual), pero al menos yo me quedé pensando en la cuestión estas dos semanas.

No puedo dejar de ver un aspecto lateral: su sorpresa. Probablemente algo molesta, creo. Él tal vez hubiera preferido una argumentación esencialista, una defensa cerrada de la supuesta ortodoxia dando batalla por la inmutabilidad de la realidad, por razones exclusivamente esencialistas. En definitiva, la batalla fácil: conservadores versus libres, la vida misma bullente y cambiante en su manifestación versus la caricatura de la escolástica.

Creo que lo perturbó el sesgo existencial de la respuesta. Se sentía más seguro, más cómodo en el papel iconoclasta y revulsivo, le quedaba más cómodo el papel de la rebelión y la revolución.

Pero -por ponerlo en esos términos- la culpa es, en parte, de la ortodoxia, por llamarla del modo más irritante posible, tanto para ortodoxos como para heterodoxos. La culpa es de la exagerada pretensión de que el orden es inmutable porque es autosuficiente, esa idea de que cualquier riesgo posible atenta contra la natura rerum. Y más. Cierta complacencia de hecho en que lo que existe es una especie de deuda pagada, de pago debido, de que lo que existe es lo que nos merecemos. Incluso cierta complacencia en que lo que existe no tiene misterio que la inteligencia no pueda contener porque se siente capaz de -y obligada a- definir las esencias en una fórmula conclusiva, aunque borrosa y primaria, en realidad. De esa complacencia resulta que cualquier perplejidad es pecaminosa, es un desprecio liso y llano de la herencia recibida, cualquier percepción de mudanza o de inapresabilidad de lo real es una negación de la creación y un rechazo del poder divino.

Pero -siguiendo en estos términos- la culpa es también en parte de la pretensión de que nada nos sea dado, hasta que podamos construirlo y constituirlo en el ser mental. Es esa complacencia en poder negar la existencia de la realidad (mucho más que su esencia, que de todos modos necesitamos para pensar las cosas, no sólo para conocerlas en la realidad), es esa complacencia en que nos dejen poder negar sin más, aunque más no sea para irritar a los ortodoxos. Es la complacencia del desmitificador, la posibilidad de la sospecha. Es el temor al riesgo que supone aceptar la no necesidad de la existencia. Es esa otra autosuficiencia, opuesta a la del ortodoxo, que empuja a sentirse seguro en la indeterminación, por el pavor que produce el acto, el acto de ser, y su anclaje real. Y la obligación más allá de cualquier avatar que eso conlleva.

Se me ocurre que en ambas posiciones pasa lo mismo, de distinto modo.

El ortodoxo puede hablar infinitamente de una cosa o de una persona, sin advertir que tiene frente a sí esa misma cosa, esa misma persona, de la que está hablando. Con ello puede producir la terrible injusticia de desatender la existencia real de lo otro, a veces con la simple excusa de explicarle a lo otro qué es. Y la cosa y la persona de las que habla interminablemente le seguirán llevando siempre la ventaja de que son en la realidad, mucho más que lo que son en su inteligencia o en su discurso.

El heterodoxo, el iconoclasta quiere poder hablar del mismo modo interminable, a condición de que no exista, o no tenga por qué existir, aquello de lo que habla. De esa manera, no tendrá que sujetarse jamás a lo que es. No quiere recibir la mala noticia de que algo es, porque eso lo obligaría. Y no quiere ser obligado. Y no le entra en la cabeza ni en el corazón el matrimonio entre la libertad del pensamiento y la obligación a la que nos somete lo que es.

Al fin de cuentas, ambas son actitudes 'religiosas'. Porque es otro problema conexo con éste el que nos hayan enseñado tan mal la cuota de religiosidad que se profesa en la filosofía o en la visión de lo real, de cualquier realidad.

Mucho antes de las Tablas ya había Mandamientos. En realidad, desde que algo es y porque es, hay Mandamientos.

jueves, 26 de mayo de 2005

Mitos celtas

La próxima vez que me lo encuentre a San Patricio, en Poblacht na h'Éirean o donde fuere, tengo algunos reclamos para hacerle.

Por ejemplo, que hayan quedado toda clase de serpientes en Irlanda (y fuera de Irlanda.)

Otro: haber explicado mal la Trinidad a los irlandeses.

Todo el mundo sabe que la poderosa de verdad es la del Estado implacablemente liberal, la Empresa implacablemente productivista y el Trabajo implacablemente calvinista.

martes, 24 de mayo de 2005

Arte amarillo, como el sol de mayo

Justicia es justicia.

Y me van a perdonar, pero que se amosquen si quieren las miradas de los/as amantes de los libros, de los/as intelectuales, los/as estetas y los/as místicos/as, si es que acaso están leyendo estas líneas en vez de estar haciendo lo que una persona de bien tiene que estar haciendo a estas horas: levantando su copa por la elemental elegancia con pelota al pie.

Ocasiones de brindis, que las hay las hay. Ésta es una.

En la Argentina, como siempre para estos tiempos de mayo a julio, son momentos de pericones y gatos, de disfraces de paisana, negritos pintados y de vendedores de velas y repartidores de escarapelas. Y de actos escolares y a veces de chocolate caliente y pastelitos, y muy de vez en cuando de desconocidas y lejanas destrezas criollas y carreras de sortija y de locros y empanadas y de bombos y guitarras de escuelas de danza en barrios y clubes de pueblo.

Y son tiempos, todavía, de maestras de escuela tratando de hacer, en completa soledad, toda la patria que pueden, aunque sea de papel crepe y cartulina pintada, aunque ni sepan muy bien lo que hacen: alcanza para enseñarles a los chicos siquiera algo de amor festivo, desinteresado, por la patria.

Mientras, en el mundo de los adultos -empachados de cálculos, de insolencias, de ambigüedades y falsedades-, suenan bullas y griterías de Te Deum santiagueño y guiños y picardías de peronista cazurrón y apoplejías de los que no saben qué hacer y de los que hace decenas de años que hacen poco y nada por la patria, salvo ponerla en los discursos o en las homilías.

Entretanto, en la Madre Patria, un artista humilde y silencioso pinta un fresco en amarillo, de gualda, de oro xeneize.

Que suene como más les plazca: lo celebro, casi como al 25 de mayo. Con lo peor del argentino futbolero. Por el peor de los esteticismos, por una cuestión de arte... del balompié.

¿Si lo estoy diciendo en serio? Y, miren, no sé...

Pienso si no llegará el día en que lo más argentino a mano no será el elegantísimo Riquelme, el más 'artístico' de España jugando a la pelota. Lo que no es poco, después de todo.

lunes, 23 de mayo de 2005

En donde lo que se dice es una cosa y no la otra

La materia es impenetrable, dicen. Y el interés de esta proposición es más bien moral o psicológico que físico.

En realidad, ahora que lo pienso, la culpa de estas meditaciones es de Castellani por citar a Bernanos. Porque fue eso lo que me llevó a ponerlo en el portafolios y llevármelo para leer en el tren. Lo repaso salteado -páginas sueltas- desde hace años. Las "Carmelitas" decididamente me gusta más. Una vez al año leo la obra entera de un tirón. Pero el "Diario de un cura rural" -que era lo que leía en el tren-, no; de eso, páginas sueltas. Y con cierto fastidio, entiéndase bien. No porque esté mal escrito, que en absoluto me lo parece. No porque no diga cosas conmovedoras y profundas, interesantes, útiles y sabias. Gran agudeza tiene el autor, y no es poca cosa, con un programa bastante difícil por delante como es esa vida de ese cura. No, definitivamente la novela es buena.

Es el género que le eligió el autor como ropaje. Lo epistolar, el diario. No tengo afinidad con esas formas. Y tengo por ellas poco aprecio.

No querría que se entendiera esta cuestión como una mera frivolidad esteticista, por lo menos, no excesivamente. Siempe me ha parecido que de todos los géneros literarios, o especies si quieren, los diarios y las cartas (reales o ficticios) pueden llegar a ser los menos honestos, precisamente por su apariencia de honestidad, de interioridad íntima, de intimidad genuina.

Cada vez que lo leo, siento que me lo recuerda el propio Bernanos.
No es un escrúpulo, en el sentido exacto de la palabra. No creo hacer daño a nadie anotando aquí, día por día, con una franqueza absoluta, los más humildes, los más insignificantes secretos de una vida que además no tiene misterio alguno. Lo que voy a perpetuar en el papel no enseñaría gran cosa al único amigo con quien me explayo todavía y por lo demás, sé que jamás me atrevería a escribir lo que cada mañana confío a Dios sin la menor vergüenza. No son escrúpulos, sino más bien una especie de temor irrazonado, parecido a la advertencia del instinto. Al sentarme por vez primera delante de este cuaderno de colegial, he tratado de fijar mi atención, de concentrarme como para un examen de conciencia. Pero no ha sido mi conciencia la que he avizorado con esta mirada interior, ordinariamente tan reposada, tan penetrante, que desprecia el detalle y va directamente a lo esencial. Parecía resbalar por la superficie de otra conciencia, hasta entonces desconocida para mí, por un turbio espejo que me hacía sentir el temor de ver surgir un rostro. ¿Qué rostro? ¿Acaso el mío...?

Cada cual debería hablar de sí con un rigor inflexible. Pero al primer esfuerzo para comprenderse, ¿de dónde surge esta piedad, esta ternura, este aflojamiento de todas las fibras del alma y estos deseos de echarse a llorar?
Porque al fin y al cabo diarios y cartas son un género literario, o una especie, acaso. En muchos casos son mucho más. Pero nunca menos. A veces hay una voluntad narrativa, a veces lírica, a veces dramática o ensayística. De cualquier modo, hay una voluntad de estilo, puesta a plasmar cosas del alma, cosas del alma de adentro. Pero jamás desnudas mientras sean literarias, y sí vestidas para salir. Por honestidad que hubiere, con cuidadoso descuido. Con disciplinada espontaneidad. Con sonora sinceridad.

Podría decir que esa mención de las páginas arrancadas que figura en el texto del Diario, cada tanto, es, además de un recurso, una prueba indirecta de que la traslucidez de la intimidad y la escritura, lo que de publicidad tiene la escritura (otro tanto se podría decir, aunque menos creo, de la palabra oral), son de alguna manera incompatibles.

Bernanos sabe escribir, vaya noticia; y tiene cosas bien vistas para decir. Y la novela triunfa en un propósito difícil, precisamente también porque hay un desafío a las leyes de la narrativa cuando el narrador parece que se narra -por lo menos en el formato- primeramente a sí mismo, haciendo que desdeña el gesto literario.

Por supuesto que sé que en este caso se trata de una novela. Y sé que no es un diario verdadero. Pero lo que digo lo estoy diciendo del formato, no de esta obra en particular, en cuanto a su contenido o a la destreza y acuidad del autor.

La única forma de la brutal sinceridad en literatura parece que es el silencio.

Entiendo que el propio Bernanos le hace decir al Cura, antes de morir, algo así:
...La parte de mi ser que sufrió en aquellos instantes ya no existe, ya no existirá jamás. Una parte de mi alma permanece insensible, seguirá así hasta el final.

Lamento mi debilidad ante el doctor Laville. Debería de avergonzarme de no experimentar ningún remordimiento, pues, ¿qué idea se habrá forjado de un sacerdote aquel hombre tan resuelto y tan firme? ¡No importa! Todo ha terminado ya. La especie de desconfianza que tenía de mí, de mi persona, acaba de disiparse, creo que para siempre. La lucha ha terminado. No la comprendo ya. Me he reconciliado conmigo mismo, con este despojo que soy.

Odiarse es más fácil de lo que se cree. La gracia es olvidarse. Pero si todo el orgullo muriera en nosotros, la gracia de las gracias sería apenas amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo.


En fin, no era esto lo que pensaba decir, pero qué remedio... La culpa es de Castellani por citar a Bernanos.

Yo quería decir otra cosa, algo sobre la disposición de la materia como una de las formas de la caridad, a propósito de los pasillos del tren...

Solos en la madrugada

Días atrás, más precisamente el viernes muy tarde, alguien se tomó el trabajo de hacerme algunos comentarios acerca de lo que dije al pasar, casi metafóricamente, sobre "el blog como radio".

Una de las experiencias más decepcionante de las instituciones es cuando se las ve reunirse para discutir por qué se reúnen.

No creo que éste sea el caso (por lo menos en lo que la experiencia 'blog' sea asimilable a una institución...) Después de todo, tampoco está tan claro qué es, de qué está hecho y para qué se publica un 'blog'. De modo que hacer un breve alto y mirar un poco la cuestión no es del todo ocioso o decadente.

Lo cierto es que cosas muy inteligentes dijo, me parece, como que es persona -a mi criterio- muy penetrante. Y fue bastante más lejos que las pocas palabras escritas.

Mostraba además, y para mi sorpresa, no sólo un conocimiento de bitácoras y navegantes que no tengo ni parece que vaya a tener jamás, sino que sabía cosas y detalles, tenía opinión sobre 'líneas' y 'estilos', que tampoco le suponía. Mejor para mí, por aquel principio tan sabio y útil de economía intelectual...

Por cierto que no tiene acceso a este medio, salvo como 'curioso lector'. No tiene mayores -ni menores- veleidades tecnológicas (lo que de repente me avergonzó en parte), pero tiene una imaginación notable para cosas que no conoce por experiencia digamos 'material', aunque sí por experiencia digamos 'formal'.

Es decir, tiene talento poético.

Por otra parte, es sorprendente -siempre me sorprende- que alguien pueda ayudarlo a uno pensar, especialmente con nuestras propias ideas no dichas. Cómo algo inefable como el propio conocimiento, la propia percepción, pueden ser formulados por otro, mejor en buena medida que lo que uno podría decir.

De las muchas opiniones que vertía con tanta serenidad como ecuanimidad, algunas me conmovieron más. Una extensa exposición hizo sobre substitutos, de la que algunas cosas concedo y otras no tanto. Creo que acertó con la definición de cómo el medio pone en un brete las ideas y las cosas que se puedan decir a través del medio. Pero eso para otro día porque, aunque estoy en general de acuerdo, tengo que pensarlo más. Apuntó algo acerca del modo de exposición a que obliga este medio. También esto me quedé pensando.

Y otras cosas más. Algunas anoto ahora, pero estoy obligado a traducirlas, pues la concisión de las fórmulas que usó -y el contexto ahora ausente- las haría incomprensibles sin algún desarrollo.

(Y para escribir lo que no se entienda, ya estoy yo, ni falta que hace...)

Dijo, por ejemplo, algo así:

# Independencia es una cosa. Soledad es otra.

# El tiempo -el tiempo que transcurre y el modo como transcurre para cada uno- es un dato no menor en materia de soledad.

# Hay varias clases de soledad. Y casi todas están en la blogosfera. Aunque algunos son solos y otros están solos. Los que son solos, tal vez, no tienen mayor problema con la soledad y podrían hacer un blog o cualquier otra cosa. O nada. Pero los que están solos...

# Hay, por ejemplo, soledades de la vida, soledades absolutas, y hay soledades en la vida o soledades en algo de la vida.

# Hay algo que parece contradictorio. Soledades y reuniones virtuales. La propia soledad se hace soledad compartida, reunión de soledades, particularmente entre los que están solos.

# La expresión de la propia soledad, así como las soledades compartidas, la reunión de soledades, parececería que le sirve a los que están solos como muleta.

# También hay soledades de los mismos tipos y clases en los que leen.

# Pero, aun así y todo, uno nunca sabe si lo que para algunos es muleta, tal vez para otros pueda ser remo. Y remo que pueda ayudarlos a navegar en el mar de las cosas de este mundo. Como vasos comunicantes, no del todo limpios y traslúcidos, pero comunicantes.


Y otras cosas también, que tengo que pensar más. Porque dijo cosas muy serias sobre la relación entre el blog y la risa, y otras muy graciosas sobre asado, vino y blog, o más circunspectas, por ejemplo, sobre la relación entre el blog y el periodismo, la vida intelectual, la vida espiritual, la amistad, la vida social.

Siempre bajo el paraguas finamente expresado de la dupla muleta-remo.

No puedo dejar de decir que mucho me sorprendió también -y me alegró- porque es una persona considerablemente más joven que yo.

La conversación me obligó a ver, y repensar, la necesidad, la conveniencia, la oportunidad de sacarse el gusto de este modo. Incluso me obligó a pensar qué gusto se saca uno de este modo, si es que al final hace un blog para sacarse un gusto. O aun si es que no tiene más remedio que sacarse el gusto de este modo.

Como sé que lee estas líneas, ya podrá corregirme en lo que haya fallado y corregiré lo que haya traicionado al traducir. Después de todo, estas ideas y opiniones le pertenecen.

domingo, 22 de mayo de 2005

Programáticos paralelos provisorios

Cierta vez, en un Directorial de su revista Jauja (de agosto de 1968), Leonardo Castellani tradujo un texto del cardenal Ludovico Billot (como lo llama), su maestro de Teología. Lo considera allí además "el mayor Teólogo de este siglo" (es decir, del siglo XX.)

El texto que menta Castellani dice que está en la introducción a la tercera parte de su tratado "De Ecclesia" y allí habla de los principios que deben fundar las relaciones entre la Sociedad y la Iglesia.
Habiendo ya dicho de la verdad de la Iglesia Católica, sea en absoluto, sea en relación con las sectas que del nombre 'cristiano' se glorían; y después, de su íntima constitución en cuanto a sus miembros, la potestad y la jerarquía, nos resta la última cuestión, a saber: de su habitud al estado político; o sea de los principios que debe fundamentar las relaciones regulares de la Sociedad Temporal con la Sociedad Espiritual, divinamente fundada por Jesucristo.

Y ya hace cien años que estos principios comenzaron gravemente a oscurecerse, incluso entre muchos católicos.

De donde dificilísimo se ha hecho persuadir de su verdad a los que la educación, las costumbres de la presente circunstancia, la opinión predominante y, si puede decirse, el mismo ambiente, ha imbuido desde la niñez de los dogmas del liberalismo.

Paladinamente diríamos hoy que no hay esperanza que revivan y reflorezcan en la tierra las Naciones Cristianas anoser por una vuelta rotunda a aquellos principios.

Y si de su restitución hubiera que desesperar, sería signo de que no anda lejos la última catástrofe, conforme a lo predicho por el Apóstol en la Segunda a los Tesalonicenses, Cap. II, 3, etc...
Termina ahí la cita de Billot que traduce Castellani 'de su egregio latín patrístico'. Y comenta a continuación a su maestro:
Después de lo cual el teólogo expresa su confianza de que el liberalismo está herido de muerte por las avasallantes demostraciones de los más juiciosos publicistas: economistas, políticos y filósofos de este tiempo; de los cuales nombra a De Maistre, a De Bonald, Ketteler, Veuillot, Le Play, Cardenal Pie, Liberatore...

Y expresa también su confianza de que el Concilio Vaticano, reanudado (a cuya preparación Billot estaba abocado) de igual modo que en su primer tramo sepultó al Galicanismo y al Jansenismo, en su próximo segundo tramo había de pulverizar al liberalismo. Vino el segundo tramo.

Lo que pasó en la realidad... lo tenemos delante de los ojos.

Muy bien. Que se asiente en actas. Ya veremos más adelante.


Vayamos a un segundo punto que en varias cosas se me ocurre que es paralelo al primero.

Los cien años a los que se refiere el Cardenal Billot se remontan por cierto a los primeros años del siglo XIX, por otra parte tiempos de Antonio Rosmini y su controvertida presencia intelectual. La continuación del Concilio Vaticano a la que se refiere Castellani, no es otra que el Concilio Vaticano II.

En esta exposición, del entonces Prefecto Ratzinger, hay una interesante lista de asuntos relacionados precisamente con Rosmini, y con la descripción del clima intelectual de aquellos tiempos.

Pero además hay un sutil entramado de precisiones respecto de la valoración de Rosmini, tan polémico en sus visiones de la Iglesia, especialmente de la interioridad de la Iglesia. Posiciones que en mucho se relacionan con la visión que el mismo Castellani tenía respecto de la vida de la Iglesia. Pero no de la vida de la Iglesia como mera reunión de cristianos -incluso discutiendo la pureza de una doctrina- sino de la Iglesia como motor de toda la historia hasta la Parusía, en lo que además es pariente de Billot.

Me parece que hay que leer con mucha atención para enumerar una por una las afirmaciones centrales de este documento firmado por Ratzinger:
respecto de Rosmini, en primer lugar;
respecto de la formación teológica y filosófica de los católicos y de los sacerdotes, en segundo lugar;
respecto de la historia de los 'problemas' con Rosmini, por otra parte y con respecto a las posiciones que la Iglesia ha sostenido en lo que a él se refiere.

Adviértanse, por otro lado, las precisiones respecto de Fides et ratio.


En fin, bastante delicado y complejo el asunto. Y cruzado así, más.


Mientras leía estas cosas, pensé algunas otras:

1. Con cuánto cuidado, con cuánta atención hay y habrá que oír cada palabra que haya dicho o diga Benedicto XVI, cuánto hay que discernir con sumo cuidado de lo que diga -y lo que haga- un hombre al que se lo ve acostumbrado a infatigables precisiones y equilibrios.

2. ¿Cuál es la justificación para tantas precisiones? ¿Hay realmente límite entre la pureza de las precisiones y la verdad? ¿Dónde termina la 'pureza' y empieza la 'verdad'? O, ¿siempre la pureza es la verdad? O, ¿siempre que hay amor a la verdad es imprescindible hacer precisiones? Y, viceversa, ¿siempre que hay precisiones hay amor a la verdad?

3. Cuánto me gustaría leer, en una sola obra, unas vidas paralelas y entrecruzadas -y tal vez superpuestas- de Rosmini y Kierkegaard.

sábado, 21 de mayo de 2005

De vuelta

Me decía el autor esta mañana, cuando me dio estos versos, que eran un regalo. No para publicar.

Volvía él en auto de Buenos Aires al pueblo, medio apurado, para el almuerzo. Pero alcanzó a ver a la salida de la ciudad esta conjunción de grises y se le quedaron dando vueltas.
Cielo, niebla, río. Un todo...
indiviso; hecho de frío.
Un todo forjado en grises.

Niebla, el cielo. Cielo, el río
y el río color de niebla.

Hechos de otoño, en matices.
Y los tres imperceptibles
y los tres, uno: el otoño.

El cielo se hunde en el río,
la niebla que se hace cielo
sobre ese río de niebla.

Y el otoño que requiebra
con aciertos y deslices
a los encendidos grises.
Del río, el cielo y la niebla.

Tiene razón. No son para publicar.

viernes, 20 de mayo de 2005

De onda

Si llegara a haber un lector no porteño (tal vez no argentino), tómeselo con paciencia. Todo pasa. Ya pasará. Pero resulta que Juan Martín observó un error de tipeo en Ochenta, el soneto rante que copié. Y como tiene sentido del humor y se le da el verso, lo corrige de este modo, que amerita una mención:
En el soneto reo que mandaste
se te coló de espiante un pifiada.
Te la marco debute y sin cargada
no vaya a ser que algún gilún te gaste.
Sin ser finoli te la bato de una:
frente al teclado ninguno la talla.
Al más bacán se le pianta una falla
por lunga que se engrupa que la juna.
Catá tranquilo ese postrero verso.
La mistura de letras no te asombre,
mirálo del derecho y del reverso,
revisálo a lo macho, como un hombre
que no arruga y mantiene el ceño terso.
No va preposición: poné un pronombre.

De prepo

Ochenta

¿Mis ochenta pirulos? Un afano.
Los gasté con amor, a mi manera,
pero siempre lustroso y en carrera.
A Dios conmigo se le fue la mano.
Me dio todo: la mama de primera,
los amigos en tanda y un hermano;
y ya de pibe le saqué temprano
cien sonetos, o más, de la galera.
Nunca yugué de contra y a desgano
ni me salí del riel. Toco madera.
Cinché de buey como mi nono tano.
Fui maestro, doctor, portabandera.
Sufrí y amé. Lo digo de antemano:
¡Qué bronca de va a dar cuando me muera!
Después de haberlo leído, vi que este soneto era obra de un famoso autor -Orlando Mario Punzi-, muy citado, cosa que no sabía pues no me lo crucé nunca. Lo que prueba algo obvio: hay más cosas que las uno conoce.

También después de mi primer entusiasmo por el descubrimiento, me quedaron algunas dudas, cierto regusto. No porque esté en lunfardo (que no es problema, salvo que debería traducirlo para extranjeros... o para los que necesiten), ni por el tema (porque es un ángulo con gracia sobre la vida y la muerte), sino que hay un aire tan porteño, tan un aire de satisfacción de sí mismo, más allá de la intención del autor.

Me pregunto si no será cosa del lunfardo también, que no pueda decir las cosas sino con una especie de complacencia molesta, avasallante, como si la propia experiencia fuera de algún modo una ley segura. Cosa tan compadre, tan como de prepo, tan porteña, tan lunfarda.

jueves, 19 de mayo de 2005

Cortocircuitos

Días de trabajos y fatigas son éstos. Variados, a las corridas. Aunque no todos los trabajos y fatigas son antipáticos.

Ayer, sin ir más lejos, hubo que dedicarle seis horas a los fuegos fatuos de la electricidad: un pequeño incendio obligó a cambiar cables y a investigar esas venas negras y secretas que son los caños embutidos en la pared.

Mientras trajinaba con las cintas pasacables, se me ocurrió pensar que bastante parecidos a eso son los esfuerzos por saber algo, por conocer la historia, por entender algún tema. O la dificultad a tientas siempre por conocer realmente a una persona, tramada, como las paredes, de insondables caños embutidos (negros, a veces, también), invisibles a nuestros ojos que apenas si recorren la superficie.

Por supuesto, tres horas 'eléctricas' fueron de trabajos personales y más o menos imperitos y otras tres (cuando finalmente llegó la caballería) ayudando al electricista. Su conversación es simpática y curiosa. Es hombre joven, manso, sencillo pero lleno de misteriosas inquietudes. Antes de irse, por ejemplo, me pidió Platero y yo de Juan Ramón Jiménez (´para sacarle una fotocopia, por que no se consigue...')

Su mujer estudia extrañas ciencias del espíritu en un dudoso instituto metafísico.

Vino con un amigo que lo asistía. Un hombre de campo, trabaja de mensual, haciendo de todo un poco en un establecimiento no muy grande de unas 500 hectáreas. Del sur de Buenos Aires. Muy gaucho, joven, de familia de 14 hermanos, pacífico, colaborante. Con esa dicción única del hombre de campo. Le pregunté qué tareas hacía: "Cuando hay que darle de comer a los chanchos, se le da de comer a los chanchos. Cuando hay que podar, se poda. Cuando hay que apartar, se aparta. Cuando hay que alambrar, se alambra. Cuando hay que atender a los animales, se atiende a los animales..."

Y así siguió en una paciente enumeración de sus trabajos, con un ritmo y una cadencia que si no hubiera sido sorpresiva y hasta cierto punto artística -con arte espontáneo y no deliberado-, habría sido exasperante.

Entretanto, todo mezclado, hubo que ocuparse de presentaciones de libros, artículos, clases. Iba pensando, además de toda esta maraña, en la pila de páginas que estoy leyendo y en la todavía mayor cantidad que me queda por leer. Especialmente, en la relectura de los temas que le han ocupado la mayoría de sus escritos a Benedicto XVI: la Iglesia, el Concilio Vaticano II...

Una muestra de estas cosas que me veo obligado a repasar, una cualquiera pero no menos significativa, es un trabajo del entonces cardenal a propósito del aniversario de la Comisión Bíblica.

Demasiadas cosas.

Incluso, tal vez, demasiadas cosas para un 'medio' como éste. Porque me he puesto a pensar desde hace un tiempo si un 'blog' no se parece más a una radio que a un cuaderno o a un libro. Si no tiene que tener más bien el tono, el tempo y el ritmo de una radio y de programa de radio, que de literatura. Y si de hecho no lo tiene. Sometiendo los temas y lo que haya que decir de un tema a su formato. Con su exigida animación, brevedad, tecnología...

No tendría nada de particularmente perverso. Hacer radio es hacer radio.

Pero, precisamente, hacer radio es radio.

Todavía no lo sé, pero es probable que sea así. Y si supiere finalmente que sí, lo más probable es que deje de hacer 'radio'...

sábado, 14 de mayo de 2005

Eucatástrofe

Convendría hacer algunas advertencias cordiales.

En primer lugar, si no tiene ganas de leer, abandone en este punto. En segundo lugar, si no leyó a Tolkien (concretamente, El Señor de los Anillos), o si lo leyó y no le interesó o no lo entusiasma, abandone en este punto.

(Lo que sigue es un artículo de hace algunos años, destinado a una revista argentina 'tolkieniana'. Creo que en aquellos años no se publicó por interrupción temporaria de la revista. Ahora, releyéndolo, me pareció entender que tenía una -para mí- bastante clara aplicación para Pentescostés.)
ver

Final Feliz

Es evidente que la historia tiene un final feliz.

Los lectores de J. R. R. Tolkien se han acostumbrado a la eucatástrofe (que podemos traducir coloquialmente con la expresión 'final feliz', aunque no usemos la expresión en un sentido liviano sino grave e importante) de su relato más conocido y pueden esperar que a la larga todo saldrá bien.

Pero, al mismo tiempo, es inevitable cierto sobresalto. No se puede dejar de derramar alguna que otra lágrima, incluso en medio del triunfo que de este modo deviene glorioso sí aunque con un regusto parcial. Pero parcial también porque el curso total de los hechos parece decirnos que la historia no está completa. No está terminada. Ningún logro tiene el sabor de lo definitivo.

El anillo ha caído en las Grietas del Destino. ¿Pero han terminado el daño y el mal que quien lo forjó quiere para todo lo plantado por Eru en Arda?

La Espada de Erendil ha sido forjada de nuevo. Ha vuelto el Rey a Gondor, se ha restablecido el orden en la Tierra Media, los caminos son seguros, la Sombra ha abandonado Rovanion, los Dúnedáin no necesitan recorrer los Páramos. Sin embargo, hay como un hálito en todas las cosas que no deja que el festejo sea total.

Los elfos o añoran el mar o le temen a los Puertos Grises, porque o añoran la tierra tras el mar o los bosques los llaman con reflejos dorados y frescos, como rémora de un tiempo en el que se tomaron decisiones que todavía no han destilado todo su sabor. Ya las gaviotas, ya las alondras los hacen sufrir, si miran adelante.Y sin embargo, miran, para acentuar en algo los rasgos terrenalmente grises de su melancólica faz, hacia un futuro que se les muestra inevitable. Frodo tiene una herida que, sin reverdecer, duele cada año. Aragorn ha postergado el vencimiento de su completa felicidad terrena. Arwen, por partida doble, está sometida a dos despedidas y una de las dos lo es de su naturaleza; otros de su estirpe, miran el tiempo como una elección libre, pero no exenta de cierta opacidad.

El mundo de Tolkien, si bien es heroico y arquetípico -o quizás por ello mismo- no es, en cuanto a las expectativas finales, diferente del mundo real y cotidiano. Pues hay historias que terminan bien, hombres que triunfan, batallas que se ganan. Pero la historia no concluye con ello y los hombres -y todos los demás seres de la saga- aún debemos esperar un final que no es ahora.

Es el eje de la cuestión. El ahora. Cualquier ahora, cualquier presente o futuro histórico, que en cuanto a los términos del tiempo de los hombres es como un ahora, sobre todo porque es un tiempo que transcurre antes de que termine el tiempo definitivamente. Es el aquí y ahora de las cosas de este mundo.

De cara a la eternidad, el tiempo humano es diferente. Y la libertad de los hombres -y de otros seres personales en la obra de Tolkien-, mientras permanece unida al tiempo, es una libertad que va tejiendo en la historia una madeja complicada. Para nosotros mismos impredecible.

No somos adivinos, por otra parte, y nos resulta difícil entender el efectivo final de nuestras acciones.

No es tanto el problema del fin como intención, sino como término. No es fácil saber si efectivamente se producirá lo que esperamos que se produzca. Tampoco es fácil sostenernos en lo que esperamos, pues a menudo no sabemos qué esperar; o, aun sabiéndolo, solemos mudar de parecer a medida que nos pasan cosas nuevas y distintas de lo que esperábamos. En este sentido, también toda la historia en El Señor de los Anillos es una espera.

El ámbito de la teología, por ejemplo, tiene respuesta para tales perplejidades. Y en ese ámbito se resuelven considerando dos virtudes infusas, no naturales: la Fe y la Esperanza. Una le da contenido a la otra. La Fe nos dice qué creer, es un modo de saber lo que no sabríamos de otro modo. Y eso que sabemos por esta vía, es el contenido de lo que esperamos con una fuerza que no tendríamos por nosotros mismos.

En la saga principal de Tolkien el problema se plantea desde el comienzo mismo. Hay una misión, alguien que debe tomarla a su cargo, un final imprevisible para el ojo "humano" y algo más que humano -incluyendo el ojo de Gandalf-, la libertad de aceptar o no la misión, y aun de perseverar hasta el final si se la acepta.

Frodo -sencillo adivinarlo- es el sujeto principal de la esperanza en la novela. Aunque no el único.

Un punto de partida es pensar si para él, en su calidad de sujeto de tal esperanza, la misión tiene algún sentido. También, en este orden de ideas, puede considerarse si él cree que hay modo de lograr lo que tiene por delante. En qué medida se siente inevitablemente obligado a realizar lo que se le propone. Si acaso cree que tiene la fuerza suficiente para hacerlo. Si todo esto lo pensó alguna vez, resolvió algo en su corazón y lo mantuvo luego. Y así.

Pero una vez que hemos aceptado que indiscutiblemente Frodo nos obliga a esperar con él, padecer con él, desalentarnos y temer con él, debemos admitir que toda la historia, toda entera, con más la suerte de todos los personajes, es el objeto de nuestro interés "empático".

La razón de esto habría que buscarla en los distintos niveles de entendimiento que parece tener la historia en El Señor de los Anillos.

Y de allí nuestras distintas ansiedades con respecto a lo que vaya a ocurrir. Y esto nos habrá de dar una jerarquía en los hechos, una línea que empuja o por mejor decir, tira hacia arriba. Y no sólo hacia adelante.

Parece que se mezcla algo de cierto fatum, cierto designio, entre las acciones libres de cada una de los sujetos de las distintas razas de seres. Y ese designio está en relación con la misma libertad. Y ese fatum no parece que pueda cumplirse si cada cual no cumple su parte y libremente, por añadidura.

No se dice en ningún momento cómo cada cual debe cumplir su parte, tampoco parece que se espere algo determinado de la acción de cada uno en cuanto al modo de ejecutarla. Pero, por otra parte, está claro que si cada uno no hace lo suyo, el fin será distinto.

El ejemplo más claro que a cualquier lector asiduo se le aparece es la advertencia de Gandalf a Frodo respecto de Gollum-Smeagol. Es el ejemplo más claro porque es el más oscuro, cuando todavía no conocemos el final de la historia e inclusive cuando recién hemos comenzado.

¿Hay que deshacerse de Gollum? ¿Su traición, cierta y presumible con facilidad, no debe ser abortada?¿A qué esperar? ¿Qué espera Gandalf de Gollum y por qué? ¿No nos obliga el propio autor a esperar algo de él, aunque todo nos indique que sería altamente improbable?

Al final, Gandalf resulta en lo cierto, pero por razones y caminos que no son los que los hombres estimamos los más probables o seguros. El mismísimo Gollum cierra un capítulo fundamental de la obra. Cosa que quizás ni el propio sabio sabía con certeza.

Es una línea de acción que nos lleva a considerar algo que está en la médula de la Esperanza. Incluso la esperanza meramente de raíz humana, la mera expectativa, tiene algo de eso.

Es difícil al ojo humano ver el final de los caminos con certeza. Debemos ser cuidadosos. Hasta la prudencia de mejor madera, aun ella, debe considerar que hay sendas posibles donde todo parece ser oscuridad. Y, si es buena, esa prudencia humana tiene que estar próxima a la esperanza -y mucho más a la Esperanza con mayúsculas- sabiendo que no gobierna ni controla todos los hilos de la trama.

Allí, cuando vislumbra esto, el hombre crece y se hace más que mero hombre. Precisamente, cuando obra como si todo dependiera de él y espera sabiendo que no todo depende de lo que él haga.

Ese amable sobresalto continuo al que Tolkien nos habitúa con tanta maestría, tiene como contraparte una confianza cierta en que al final las cosas saldrán bien.

La nostalgia de los personajes más relevantes no solamente mira al pasado.

Por alguna vía paradójica, la nostalgia a veces es la compañía de los que esperan el bien futuro.

Ya pasado algún tiempo, y pese a que la obra de Tolkien nos lleva a tiempos imprecisamente pasados, me parece ahora que son muchos los puntos de contacto temáticos de la obra con el tiempo histórico posterior a la Encarnación, la Muerte y la Resurrección de Cristo.

Bajo este aspecto, viendo de ese modo la relación entre la obra y la historia, me parece que se puede entender que muchas de las virtudes que aparecen -y creo que son las virtudes centrales en la novela-, se corresponden (no digo que se correspondan de modo intencional) con los Dones del Espíritu Santo: Piedad, Temor de Dios, Fortaleza, Consejo, Ciencia, Entendimiento y Sabiduría.

El Espíritu Santo es Dios acompañándonos en la historia, Aquel que -tras la Ascensiónde Jesús- viene a nosotros hasta que Él vuelva, al final de nuestro viaje, del viaje de los hombres a través de la historia. De allí su peculiar relación con la Esperanza y con su virtud próxima, la fortaleza.

En relación con la obra de Tolkien, veo la cuestión como si dijera que son tales Dones, es la 'compañía' y la asistencia del Espíritu que se manifiesta en tales Dones, lo que los personajes necesitan para llevar a buen puerto su 'viaje' por el espacio y el tiempo, por el espacio y el tiempo de este mundo, para llegar al fin.

Con ellos, con tales Dones, se sabe a quién servir, cómo servirlo y reverenciarlo, cómo sostenerse más allá de todo en esta 'milicia' que es la vida en este tiempo, qué hacer, qué entender de lo que vemos, qué ver de lo que no vemos, qué entender de lo que no vemos.

Hasta que el Rey vuelva, hasta que Él vuelva.

jueves, 12 de mayo de 2005

Los Dragones


Las vastas y sulfúricas criaturas

que redoblan sus alas en las nubes
y arden las copas verdes de los árboles:
se ocultaron en una cueva negra,
una cueva sin tiempo y esperando
salir para asolarnos pestilentes.
Las garras en el oro y en los ojos
hedor de muerte y un bilioso efluvio.
Y son así realmente, son lo malo
(hueco siniestro en esta edad brillante.)
Por eso ya no existen, pues parece
que algún hechizo las borró de pronto
para ponernos la conciencia nueva
de que no hay nada malo. Ni dragones.



En realidad, este soneto pertenece a la Temporada Otoñal de Sonetos (V), pues vine a saber que mi buen amigo lo incluyó en la selección que comenta en sus conferencias. Pero un módico rastro de pudor impide que milite bajo ese título. Así que mejor se las arregle solo...

Debita nostra

Debo dos cosas.
Una es deuda de gratitud. Y baste con eso.
La otra es la traducción de aquella canción genovesa de Fabrizio D'André de vez pasada. Al italiano, no me olvido.

Dalla mia riva

Dalla mia riva
solo il tuo fazzoletto chiaro
dalla mia riva
nella mia vita
il tuo sorriso amaro
nella mia vita
mi perdonerai il magone
ma ti penso contro sole
e so bene stai guardando il mare
un po' più al largo del dolore
e son qui affacciato
a questo baule da marinaio
e son qui a guardare
tre camicie di velluto
due coperte e il mandolino
e un calamaio di legno duro
e in una berretta nera
la tua foto da ragazza
per poter baciare ancora Genova
sulla tua bocca in naftalina

miércoles, 11 de mayo de 2005

La historia personal es parte del torrente de la historia que a uno le tocó en suerte y está enhebrada en ese torrente de tantas maneras extrañas.

Así como, mucho más, la propia vida personal es parte de la historia de la Iglesia en la que uno nació. Pero así como uno mira su propia vida vivida y termina por entender algunas pocas cosas de las que es y de las cosas que ha hecho, así pasa con la historia de la Iglesia. Porque no es historia, solamente. Ni principalmente. No es historia como simple recuento.

Es más parecido a una novela de suspenso. Y de misterio. Sin novela.

Puesto en lector apasionado de novelas, mirando la vida propia y la de la Iglesia de estos últimos años, me tocó (y me tocó casi por casualidad o vaya a saber por qué) releer y leer cosas 'viejas'. En particular, desde 1960 para acá.

Así es que estoy leyendo varias cosas a la vez, repasando historias y comentarios y documentos de la época del II Concilio Vaticano.

Es más que sorprendente.

Por lo pronto, en un discurso del entonces obispo de Eisenstadt (Austria), Esteban Laszlo, en la segunda sesión del Concilio, en 1963, hablando sobre "El pecado en la Iglesia Santa de Dios", cita, entre otros, dos veces a San Agustín:
"Una cosa es lo que queremos, porque estamos en Cristo y otra cosa es lo que queremos, porque todavía estamos en el mundo". (In Jo. tract., 81, 4)
Más adelante, al comentar un texto de San Pablo (Efesios, 5, 27), vuelve a citar a San Agustín:
"Donde en estos momentos recordé a la 'Iglesia que no tiene mancha ni arruga' no hay que tomarlo como si ya fuese, sino como quien se prepara para serlo, cuando aparezca también gloriosa. Pero ahora, por ciertas ignorancias y debilidades de sus miembros, tiene que decir cada día: "perdónanos nuestros pecados". (Retr. II, 18)

Como introducción, como portal a las cosas que me obliga a pensar todo este asunto, no me parece mal.

martes, 10 de mayo de 2005

Temporada Otoñal de Sonetos (IV)

Hasta tanto no reciba la segunda parte, aquí termina la primera. Y no está mal que sean dos sonetos sobre la muerte, y de dos autores argentinos. Menos todavía si uno de ellos, Enrique Banchs, es uno de los misteriosos y excelentes sonetistas, tal vez de lo mejor que tenemos por aquí.

Soneto

Ahora que la muerte es tu morada
morir es otra cosa. Simplemente
cruzar sin darse vuelta porque enfrente
la calle está soleada.

No el muro de la sombra derramada
sobre el silencio triste de la frente.
No la puerta que cierra de repente,
goznes de niebla, cerradura helada.

Ni la barca de remo enmudecido
en el río sin tregua del olvido.
Otra cosa es morir: cruzar enfrente

y andar la misma calle acostumbrada
pero del otro lado, simplemente,
ahora que la muerte es tu morada.

Luis Martínez Cuitiño



La alondra

Un día más, caído y sin aliento,
lento, sordo, marchito, gris, cansado,
Y otro igual. Siempre así. Siempre postrado,
cansado, gris, marchito, sordo, lento.

Un opaco, un pesado firmamento
deshilachadamente derramado
sobre el sopor del día desangrado,
enfermo, envejecido, macilento.

Poco a poco, una hora y otra hora,
inertes bajo inmensa telaraña,
en ciénaga se hunden y en maraña...

¡Oh, alondra de la muerte, alta en la aurora,
canto de redención que abata en trizas
tanta cárcel de harapos y cenizas!

Enrique Banchs

lunes, 9 de mayo de 2005

Por supuesto que el mundo es vasto y vario. Por supuesto que mucho hay de bueno. El amanecer, sin ir muy lejos. O el fuego del atardecer que hice ayer mientras los chicos se congregaban tribalmente alrededor, conversando, jugando a las escondidas, alimentándolo con hojas de laurel para que hiciera chispitas. Claro que sí.

Por supuesto que está su bondad natural. Que hasta lo que es malo, en tanto es, es bueno por ser (y ahí está aquello que citaba días atrás de la Suma Teológica, para explicarlo mejor que yo...)

Pero.

En todas partes hay toda clase de cosas. Y es hasta cierto punto una tontera dar el bien por hecho y dar el mal por un mero episodio sin relieve, de lo que no hay que ocuparse.

Tal vez, entre las obras de estos tiempos, sea en El Señor de los Anillos donde el equilibrio emocional e intelectual entre el bien y el mal esté mejor planteado. Creo que allí Tolkien dejó bien dicho que mirar excesivamente las obras del mal distorsiona la realidad, tanto como ignorar la maldad del mal. Saruman se rindió -por doblegársele el corazón- creyendo que Sauron era invencible. Boromir trastabilló también por las razones opuestas y desdeñar lo que el mal puede hacer en el corazón de un hombre.

Por eso miro los diarios, ahora, y entresaco esta miscelánea con glosa.

Una breve revista de algunas muestras.

Para empezar por algo de apariencia ingenua: los cuentos de hadas, perversiones culpables de la sumisión femenina: mejor es la televisión que ayuda a las mujeres a ser ellas mismas...

Con una rarísima molestia atávica, Clarín se fastidia por esa iconoclasia, aunque venga del progresismo científico al que habitualmente difunde y aplaude. Y es curioso que para sacarse la bronca recurra a psiquiatras, psicólogos y psicoterapeutas. Y más curioso todavía es que la legión psi acierte 7 u 8 de cada diez proposiciones.

Pasemos después a esta 'experta' descripción de la conciencia como un manojo de cables y flujos eléctricos con zonas oscuras, un manojo mucho menos transparente que una máquina. Y por supuesto, sin libre albedrío.

Expertos tiene el mundo...

Y uno pensando pavadas sobre el alma. Pensando pavadas sobre que el alma informa...

Ya decía Aristóteles que solamente se la conoce por sus efectos, por sus operaciones, como que es inmaterial. Pero no es lo que saben los neuros, estos pneumatólogos (me refiero al espíritu, no a los pulmones...) que no saben sino lo que ven. En fin, ven es un modo de decir porque ven más o menos, porque más es lo que suponen. Y pienso que es muy difícil tomar decisiones sobre un hombre sin saber de qué se trata. Y mucho más difícil -y terriblemente peligroso- será seguir avanzando en las investigaciones habiendo descartado cualquier hipótesis que no tenga cables y conectividades eléctricas, químicas.

Me parece que pega con la preferencia por la televisión, antes que caer en los opresivos cuentos de hadas.

Y ya que de mujeres oprimidas se hablaba, aprovechemos la buena voluntad de Ginés González García, el grueso, gerente ginecológico generalmente, y no el verdadero general en esta guerra.

Quieren librarlas de abortos, librarlas de embarazos, librarlas de culpa, librarlas de su cuerpo. Librarlas obligatoriamente.

No sé por qué, pero creo que esto también pega con librarse de los cuentos de hadas y de otras sumisiones inducidas.

Y un poco de política, al fin y al cabo.

La pobre lógica que profesa nuestro tiempo, obliga a que las distinciones sean lisa y llanamente argumentos de parte. Qué se le puede hacer, es tan excluyente y elementalmente dialéctica la lógica política...

Se trata del aniversario del fin de la II Guerra.

Lo primero que me llamó la atención es esta curiosa aplicación del Génesis a la shoah que, en mi enciclopédica ignorancia, nunca había visto. Abel como el 25%, Abel como la víctima, Abel como la víctima epónima, Abel como la shoah...

Aunque está dicho con matices, me sonó de nuevo aquello de George Steiner sobre el "contrasacramento satánico de la Última Cena", Jesús el gran responsable de todo holocausto, condenando a Judas-Israel a la noche de las persecuciones, expulsándolo de la humanidad.

Lo que publica Clarín está más extenso y preciso en The New York Times. Pero en cualquiera de ambos lugares dice lo mismo: el nazismo es -de hecho- el mal. Y -de hecho- el único mal que merece la pena de investigación exhaustiva, repudio exhaustivo, aniversarios exhaustivos.

Quizá solamente así Vladimir Putin puede decir lo que dice, mientras desfila el Ejército Rojo, solamente así puede mencionar los diez millones de muertos rusos por la ocupación nazi. Solamente así puede hablar -mientras flameaban las banderas de la URSS en su desfile militar- de paz, libertad y democracia, de autodeterminación de los pueblos.

Solamente así pueden sentarse todos juntos en el palco, un rato, mientras recuerdan al nazismo. Mientras se prometen otras ambiciones veladamente y se amenazan no tan veladamente con nuevas guerras, que nunca serán como el mal mismo: el nazismo.

Como la lógica bipolar y dialéctica no puede pensar las cosas de otro modo, y por eso, de todas maneras, lo que diga va a sonar revisionista, entonces ni me preocupo. Pero calculo que, cada noche, legiones de amantes de la libertad y de la vida, de la democracia y de la paz, deben elevar un oración ardiente y esperanzada a la vez: "¡gracias (aquí va el nombre o el ente de preferencia), por el nazismo!"

Y esto me hace acordar también a los cuentos de hadas.